martes, 12 de noviembre de 2013

Tolerancia, aceptación

EL NIÑO DE LAS MIL COSQUILLAS
 ( por Pedro Pablo Sacristán )

Valor educativo: Tolerancia, aceptación


Pepito Chispiñas era un niño tan sensible, tan sensible, que tenía cosquillas en el pelo.
Bastaba con tocarle un poco la cabeza, y se rompía de la risa. Y cuando le daba esa
risa de cosquillas, no había quien le hiciera parar. Así que Pepito creció acostumbrado a
situaciones raras: cuando venían a casa las amigas de su abuela, siempre terminaba
desternillado de risa, porque no faltaba una viejecita que le tocase el pelo diciendo "qué
majo". Y los días de viento eran la monda, Pepito por el suelo de la risa en cuanto el
viento movía su melena, que era bastante larga porque en la peluquería no costaba
nada que se riera sin parar, pero lo de cortarle el pelo, no había quien pudiera.
Verle reír era, además de divertidísimo, tremendamente contagioso, y en cuanto Pepito
empezaba con sus cosquillas, todos acababan riendo sin parar, y había que interrumpir
cualquier cosa que estuvieran haciendo. Así que, según se iba haciendo más mayor,
empezaron a no dejarle entrar en muchos sitios, porque había muchas cosas serias que
no se podían estropear con un montón de risas. Pepito hizo de todo para controlar sus
cosquillas: llevó mil sombreros distintos, utilizó lacas y gominas ultra fuertes, se rapó la
cabeza e incluso hizo un curso de yoga para ver si podía aguantar las cosquillas
relajándose al máximo, pero nada, era imposible. Y deseaba con todas sus fuerzas ser
un chico normal, así que empezó a sentirse triste y desgraciado por ser diferente.
Hasta que un día en la calle conoció un payaso especial. Era muy viejecito, y ya casi no
podía ni andar, pero cuando le vio triste y llorando, se acercó a Pepito para hacerle reír.
No le tardó mucho en hacer que Pepito se riera, y empezaron a hablar. Pepito le contó
su problema con las cosquillas, y le preguntó cómo era posible que un hombre tan
anciano siguiera haciendo de payaso.
- No tengo quien me sustituya- dijo él, - y tengo un trabajo muy serio que hacer.
Carlitos le miró extrañado; "¿serio?, ¿un payaso?", pensaba tratando de entender. Y el
payaso le dijo:
- Ven, voy a enseñártelo.
Entonces el payaso le llevó a recorrer la ciudad, parando en muchos hospitales, casas
de acogida, albergues, colegios... Todos estaban llenos de niños enfermos o sin padres,
con problemas muy serios, pero en cuanto veían aparecer al payaso, sus caras
cambiaban por completo y se iluminaban con una sonrisa. Su ratito de risas junto al
payaso lo cambiaba todo, pero aquel día fue aún más especial, porque en cada parada
las cosquillas de Pepito terminaron apareciendo, y su risa contagiosa acabó con todos
los niños por los suelos, muertos de risa.
Cuando acabaron su visita, el anciano payaso le dijo, guiñándole un ojo.
- ¿Ves ahora qué trabajo tan serio? Por eso no puedo retirarme, aunque sea tan viejito.
- Es verdad -respondió Pepito con una sonrisa, devolviéndole el guiño- no podría
hacerlo cualquiera, habría que tener un don especial para la risa. Y eso es tan difícil de
encontrar... -dijo Pepito, justo antes de que el viento despertara sus cosquillas y sus
risas.
Y así, Pepito se convirtió en payaso, sustituyendo a aquel anciano tan excepcional, y
cada día se alegraba de ser diferente, gracias a su don especial

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